Caminando sola por una vereda extraña lo entendí. No existe tal cosa como la magia, no hay nada místico, milenario o celestial detrás de los encuentros fortuitos; no son otra cosa sino eso: una serie de coincidencias inentendibles.
Durante muchos años de mi vida he escrito sobre la magia de los sentimientos (sentidos) en mis historias de amor, tal vez, solo quería encontrar un sentido para responder las absurdas interrogantes que circulaban en mi mente, tal vez, solo quería aportarles un significado, porque así podría permitirles ser parte de mi sin que me pesaran, pero ya lo entendí, estaba equivocada: no existe tal magia mística y milenaria, no existe destino estelar; ¡qué cosa tan triste! ¿no?...
No es triste, y quizá, conlleva su propia magia, una más tangible, una explicación más terrenal. Hoy siento que es posible estar en paz con mis historias. Siempre sentí que estaría eternamente enamorada de mis antiguos amores. De aquel que me dejó triste por primera vez en un aeropuerto; de quien quebró hasta lo último de mi alma y me convirtió en un monstruo; de esa persona que, sin poder yo entenderlo, me tendría allí en un eterno limbo, soñando con una oportunidad; de quien creí, con toda mi fe, sanaría todas y cada una de esas heridas, pero en realidad no lo hizo...
Creí en amores eternos. Creo en amores eternos...
[Idea Inconclusa]